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Estaba con Paco, mi compañero de piso, en el gimnasio. Era sábado y mediaba la tarde. Yo levantaba pesas, él fingía hacer algo productivo. Sólo va para ver los cuerpos corpulentos que se exhiben a cada hora del día ahí. En eso llegan dos dominicanos, un negro y un moreno, ojo, que hay diferencia y se ponen a nuestra derecha.
El negro le dice a su compañero: Oye chico, pero esto es el final. Es el final te digo. Con todos estos terremotos. Me tiene preocupado.
“¿Cuántos son ya?”, pregunta el moreno
“No sé, creo que 20 ya en el 2010. Y cada vez son peores”, contesta el negro.
“Es culpa de los maricones. Primero andan besándose en publico y ahora, hasta quieren casarse. Dios nos castiga, ¡por permitir tantas mariconadas!”, dice el moreno alzando la voz y nos mira sin disimular.
Y mi compañero de piso, Paco (alias La Fresa), el maricón, voltea a mí y me dice: Coño, pero si yo no sabía que era tan poderoso. Pero me hubieran dicho. Ay, ¿será por tanto venir al gimnasio?
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